sábado, 18 de julio de 2026

Cultura

 

El hombre que le devolvió el tiempo a los relojes de Bogotá

Durante más de tres décadas, Omar Javier Guerra López dedicó su vida a restaurar los relojes monumentales que han marcado el pulso de Bogotá. Heredero de una tradición familiar de más de setenta años, su trabajo preservó mucho más que relojes: resguardó un oficio, una memoria y el tiempo compartido de toda una ciudad.

Hay oficios que parecen conversar con el tiempo. La relojería monumental es uno de ellos. Cada piñón, cada péndulo y cada campana cuentan una historia que trasciende la medición de las horas. Durante décadas, los relojes instalados en iglesias, edificios públicos y plazas fueron la referencia cotidiana de las ciudades. Antes de la aparición de los teléfonos móviles y de los relojes digitales, eran los relojes públicos los que anunciaban el inicio de la jornada, el descanso del mediodía, la misa, el cierre de los comercios o el regreso a casa. Las campanas no solo daban la hora: marcaban el ritmo de la vida colectiva.

La tradición relojera de la familia Guerra comenzó a mediados de la década de 1950, cuando Angélico Guerra —padre de Omar— aprendió el oficio junto al técnico relojero eclesiástico alemán Neumann Klinsmann, quien llegó a Colombia tras la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, dedicó su vida a la restauración y fabricación de relojes monumentales para iglesias, así como a la recuperación de vitrales, órganos, armonios y pianos, construyendo un legado familiar ligado a la conservación del patrimonio.

 

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